domingo, 1 de mayo de 2011

CONQUISTAS DEL CRISTO MORIBUNDO (Por: Rev. Luis M. Ortiz)

Mucho se ha predicado y se ha escuchado en estos días sobre “Las Siete Palabras” de nuestro Señor Jesucristo mientras estaba en la Cruz del Calvario. La oratoria de estos días casi siempre presenta a un Cristo famélico, impotente, víctima, para provocar sentimentalismos superficiales y producir golpes de pecho en la misma gente que vive todo el año olvidados de Cristo y de su sacrificio en la Cruz.
El hecho mismo de Cristo estar en la Cruz era ya una gran victoria, pues se cumplía el plan divino trazado “desde antes de la fundación del mundo”, para Dios garantizar al hombre caído, perdido y corrompido, su eterna salvación por medio de un pacto de Sangre. Nuestro Señor Jesucristo era consciente de esto. Naturalmente, sus sufrimientos eran reales y eran dobles: sufrimientos físicos y sufrimientos espirituales llevando la horrenda carga de los pecados de toda la raza humana durante todas las generaciones. Allí en la cruz el Señor estaba en pleno campo de batalla enfrentándose a todos los poderes infernales, y cada palabra de Cristo en la cruz estaba una victoria sobre los poderes del mal. Nuestro Señor convierte el patíbulo de la cruz en el trono sobre el cual da órdenes en medio de la batalla.
Cuando todos esperaban maldiciones para los verdugos, –como era la costumbre- los labios inmaculados de Jesús se abrieron para expresar una oración de intercesión y de perdón a favor de sus enemigos, y dijo: “Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen”. Era la victoria del amor y del perdón sobre el odio y el pecado porque el perdón es un éxito. ¡Conquistas del Cristo Moribundo! 
Uno de los ladrones que estaban a su lado clamó al Señor y le rogó: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. En respuesta a este clamor, Jesús dijo: “De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Esta fue una promesa para el que pudo entender que aquél, aunque crucificado, era Rey, tenía un Reino, y que establecería ese Reino. Donde se quebró la fe de Pedro, nació la de aquel Ladrón. ¡Conquistas del Cristo Moribundo! 
La madre, María, le había acompañado a la cruz. Aunque sus sufrimientos físicos y su lucha espiritual por redimir la humanidad eran espantosos, sin embargo, no se olvidó de los suyos; halló tiempo para atender a los suyos. A la madre le dijo: “Mujer, he aquí tu hijo”. A Juan le dijo: “Hijo, he aquí tu madre”. Fue una doble encomienda que el Capitán de nuestra salvación expedía en plana batalla. ¡Conquistas del Cristo Moribundo!
Todo el peso de nuestros pecados desde Adán hasta el último mortal gravitaba sobre Cristo. Los poderes del infierno y de las tinieblas se desbocaban sobre el Calvario. Ante esta escena tan horrible el sol negó su luz y se hicieron tinieblas; pero peor que las tinieblas infernales que se agolpaban en el Calvario, y peor que las tinieblas físicas producidas por la falta de luz del sol, el Señor percibió profunda e intensamente la falta de luz de los ojos del Padre quien tuvo que apartar su mirada de escena tan horrenda. Fue entonces que nuestro Señor exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Ésta fue una proclama del cielo, a la tierra, al infierno, al espacio, al tiempo y a la eternidad, que Él estaba solo, llevando la carga de nuestros pecados. Nadie podía ayudarle, nadie le ayudó. No hay co-redentores, ni co-redentoras. Sólo Él es nuestro Redentor. Y lo que parece una queja… son las ¡Conquistas del Cristo Moribundo! 
Jesús seguía en el fragor de la lucha. Dijo: “Tengo Sed”. Sintió sed física, pero también Su espíritu experimentó la sed que experimentó la sed que experimenta el alma en el tormento, como el rico que en el tormento pedía que Dios mitigara su sed. Él allí padeció la intensidad del infierno y tuvo sed, para que nosotros no tengamos que padecer esa sed eterna en el infierno. ¡Conquistas del Cristo Moribundo! 
La burla aumentaba en torno al Maestro y ya festejaban su final derrota… se oye de nuevo la voz en el concierto que atruena el espacio y asusta al infierno:“Consumado es”. Es un grito de victoria. Terminada está la Redención. Nada hay que añadir, nada hay que quitar. Está completo. Es una obra perfecta. ¡Conquistas del Cristo Moribundo! 
Ahora el Señor inclina su cabeza, y como si le diera permiso a la muerte para que tuviera su parte hasta la mañana de la Resurrección, ora nuevamente al padre, y dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”¡Conquistas del Cristo Moribundo!

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